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miércoles, 12 de agosto de 2026

Reseña: Children of Time, de Adrian Tchaikovsky

En su curso de Escritura Creativa para la Universidad Brigham Young, Brandon Sanderson explica que toda narración se sostiene sobre tres pilares fundamentales: Primero, los personajes, el corazón de la historia, quienes mueven la acción y generan la empatía y el interés para que el lector continúe leyendo. Segundo, el escenario o ambientación, el mundo o entorno donde transcurre la historia. Y finalmente la trama, la secuencia de acontecimientos, la estructura. Todo esto amalgamado por el conflicto, la fricción entre un personaje y sus deseos, la sociedad, o el entorno, que vuelve interesante la narración y le otorga una fuerza vital interna.

Es un marco de referencia general bastante seguro para el análisis literario. Al menos hasta que aparece un escritor de gran talento como Adrian Tchaikovsky (Czajkowski) y empieza a jugar con el esquema y a subvertir tus expectativas: ¿Qué pasa si el escenario ES el personaje?

Herederos del Tiempo (Children of Time) es una novela de ciencia ficción publicada en 2015, que no narra las aventuras de un sólo individuo o grupo de individuos, sino de una civilización entera: Un experimento de terraformación fallido en un lejano exoplaneta ha dotado a los miembros de la especie Portia Labiata (araña saltadora) de las herramientas necesarias para dar el salto evolutivo, física e intelectualmente. Y con esa premisa, el autor se lanza de lleno a uno de los experimentos de construcción de mundos más interesantes que jamás haya leído.

Su narración abarca miles de años de evolución, dando saltos temporales hasta momentos cruciales de la historia de su sociedad imaginaria: desde la primera vez que individuos de la especie —de natural solitaria y no social— demuestran espíritu de colaboración; hasta la exploración de la frontera espacial y la defensa de su planeta, superando en el trayecto conflictos internos, guerras religiosas, epidemias y hasta su propia naturaleza.

Y aquí es donde la construcción del mundo realmente brilla. Las arañas siguen siendo arañas, y evolucionan y se comportan tal como cabría esperar. No tienen labios, pulmones ni lengua; así que su comunicación gira en torno a lo que siempre han tenido: temblores en el suelo, vibraciones en la seda que forma sus hogares, demostraciones visuales de fuerza, o la suave danza exhibicionista del cortejo.

Su sociedad desarrolla taras y problemas producto de su naturaleza arácnida. Se trata de una especie extremadamente agresiva, que practica el canibalismo, en la que la hembra es el doble de grande que el macho y que al crecer experimentan un proceso de muda que puede dejar a los individuos extremadamente vulnerables. Todo esto el autor lo tiene en cuenta al ir describiendo el tipo de sociedad que construyen los arácnidos de una manera natural y plausible y lo usa para, eventualmente, abordar temas sobre lo que resulta “natural” y trazar paralelismos con nuestra propia sociedad.

Es este mundo, es esta sociedad la que actúa como un «personaje» dentro de un esquema narrativo tradicional. Dado que entre los saltos temporales transcurren generaciones enteras —y aunque la narración se refiere a sus personajes arácnidos principales y secundarios siempre mediante los mismos cuatro nombres, asociados a personalidades distintas o arquetipos históricos—, nunca permaneces con la misma araña más allá de un par de capítulos.

El otro pilar narrativo de la historia gira en torno a la Gilgamesh, una nave arca que transporta los últimos vestigios de la humanidad, mientras buscan un nuevo espacio para vivir luego de que la Tierra quedara inhabitable.

Si la historia de las arañas es la de una civilización en ascenso, la línea argumental humana representa una civilización en decadencia, víctimas de su propia soberbia y luchando con uñas y dientes para mantenerlo todo a flote mientras se aferran a repetir patrones históricos de violencia, dogma y prejuicio.

También disfruté mucho la parte humana del libro —y esta ayuda enormemente a despertar la curiosidad del lector sobre lo que sucederá cuando ambas civilizaciones se encuentren inevitablemente, así como sobre lo que está en juego—, pero al menos yo la percibí como la parte más débil de la narrativa, una historia de ciencia ficción mucho más tradicional. No ayuda que Holsten Mason, el erudito y especialista en estudios clásicos a bordo de la Gilgamesh y el principal punto de vista humano no es proactivo, (una de las características que Brandon Sanderson considera fundamentales para construir personajes atractivos). La mayor parte de la historia simplemente "le ocurre".

Más allá de ese pequeño detalle, es un libro magnífico que disfruté enormemente; me fascinó encontrar una excelente subversión de la estructura narrativa típica. Me encantaron todas y cada una de las encarnaciones de Portia, Bianca, Fabian y Viola (nuestros arácnidos protagonistas), y disfruté del ejercicio de contemplar la historia de la humanidad y la naturaleza humana desde la perspectiva distante de Holsten Mason.

Tengo la secuela, Herederos del Caos (Children of Ruin), lista y descargada en el Kindle y es el próximo libro en la lista de lectura. Porque Tchaikovsky me dejó con muchas ganas de revisitar su universo.




martes, 12 de abril de 2022

Reseña: El Archivo de las Tormentas, de Brandon Sanderson

Me debato entre diagnosticarme algo de masoquista, quizá alguna tara que me complique aprender de la experiencia previa, o un amor malsano por las épicas de fantasía, en particular la que lleva tintes medievales.

Después de la lenta y larga agonía que ha sido esperar la publicación de los dos últimos volúmenes de "Canción de Fuego y Hielo", la falsa esperanza de una conclusión satisfactoria a la saga a través de su adaptación televisiva, y el cruel desencanto y agria decepción cuando finalmente lo vimos en pantalla… Después de todo eso, me juré no volver a iniciar una serie literaria inconclusa.


Así que cuando me sugirieron darle la oportunidad a “El Archivo de las Tormentas”, el opus magnum de Brandon Sanderson, mi primer impulso fue decir: “No gracias, quizás después, con más chance” y tratar de pasar a otra cosa. ¿Una saga de diez libros? ¿Con apenas cuatro publicados? ¿Por un autor con múltiples proyectos y series avanzando simultáneamente? Parece un desastre esperando a ocurrir, el caldo de cultivo ideal para otro encontronazo emocional, un Juego de Tronos 2.0.


Pero me insistieron. Insistieron con tanto entusiasmo que no pude sino ceder. Resignado, tomé el primer libro de la saga “El Camino de los Reyes”... y ya no pude soltar. Como arena entre mis dedos le siguieron “Palabras Radiantes”, “Juramentada” y “El Ritmo de la Guerra”, además de un par de noveletas “Danzante del Filo” y “Esquirla del Amanecer” que funcionan como intermedios. No podía tener suficiente de Roshar, su gente, sus sueños y conflictos. No podía alejarme de las conexiones sugeridas a un universo más amplio, el Cosmere; ni podía apartarme de las temáticas del libro, evidentes, pero poderosas e integradas naturalmente a la trama.


¿Por dónde empezar? Cuando alguien me preguntaba ¿qué estás leyendo? ¿de qué se trata? siempre tenía dificultades para articular una respuesta que me dejara convencido de haberlo abarcado todo. En esencia, es la crónica del último episodio de una guerra eterna y cíclica por detener el apocalipsis. Visto superficialmente, es el típico conflicto del bien contra el mal; pero examinando las condiciones de los combatientes, es también el conflicto interno contra la duda, la incomprensión, el miedo, la tradición y hasta uno mismo; contra el deseo de soltar la toalla y aflojar el cuerpo antes de dar el necesario siguiente paso y el siguiente, y el siguiente.


Estas luchas están perfectamente representadas, casi por definición, en vastísimo elenco de personajes, particularmente en los Caballeros Radiantes y en sus Palabras Inmortales. 

Sin entrar en detalles, los Caballeros Radiantes son la primera línea de defensa contra este ciclo apocalíptico de Desolaciones, y los principales usuarios de la magia en este mundo. Para poder hacer uso de sus habilidades, sin embargo, deben jurar ideales, Palabras Inmortales que sirven como guía a sus acciones y sus vidas. Cada orden (hay diez) tiene ideales distintos, relacionados con sus habilidades. El Primer Ideal, sin embargo, es universal; utilizado por todas las órdenes y funciona incluso como un grito de guerra, un lema y un constante recordatorio:


Vida antes que muerte. 

Fuerza antes que debilidad. 

Viaje antes que destino.

Vida antes que muerte: El Caballero Radiante busca defender la vida, siempre. Nunca mata innecesariamente y nunca arriesga su propia vida por razones frívolas. Vivir es más difícil que morir. El deber del Caballero es vivir.

Fuerza antes que debilidad: Todos los hombres son débiles en algún momento de sus vidas. El Radiante protege a los débiles y usa su fuerza para los demás. La fuerza no hace a uno capaz de mandar; lo hace a uno capaz de servir.

Viaje antes del destino: Siempre hay varias formas de lograr un objetivo. El fracaso es preferible a ganar por medios injustos. Para proteger a diez inocentes no vale la pena sacrificar a uno. Al final, todos los hombres mueren, y cómo viviste será mucho más importante que lo que lograste.

Los Caballeros Radiantes luchan tanto contra el enemigo como contra sus propias taras, limitaciones e inseguridades. Y eso hace que, frente al lector, no sean héroes de leyenda inalcanzables, sino personas en las que uno puede verse reflejado. Las Palabras Inmortales no son un hechizo mágico que resuelve estos conflictos internos, sino una muleta, un recordatorio, un salvavidas: Seguir luchando y viviendo es ya, una gran victoria.


Y este es uno de los puntos en los que el libro brilla con fuerza: la manera de presentar estos conflictos internos, tan distintos entre un personaje y otro, pero tan humanos y tan endémicos en nuestra época. He leído en foros reseñas de personas lidiando con estos problemas que encuentran en los protagonistas un espejo y una inspiración; particularmente en Kaladin y su depresión crónica, que juega un papel fundamental en la historia. 


Y si los personajes y sus conflictos (internos y externos) son el atractivo principal de la saga, el escenario y telón de fondo que son el mundo de Roshar y el Cosmere en general son la cereza del pastel. La labor de Sanderson es exquisita, diseñando un planeta entero con una construcción lógica y natural. Particularidades climáticas del mundo resultan en diferencias geográficas y ecológicas. Distintos ambientes producen distintas culturas, sociedades y religiones que a su vez comparten una historia de tensiones y conflictos antes del arranque de El Archivo de las Tormentas. El paso del tiempo nubla los acontecimientos del pasado y el entendimiento y conclusiones de la población actual sobre los mismos. Si en los personajes Sanderson deja evidencia de que entiende el conflicto humano en lo micro, en Roshar y sus circunstancias confirma que lo entiende igual de bien en lo macro.


Doblemente impresionante es este acto de creacionismo cuando uno lo entiende como un inserto en el Cosmere, el universo ficticio compartido donde tienen lugar varios de los libros y sagas de Brandon Sanderson, con una cosmología y reglas de la magia unificadas. Personajes de otras sagas interactúan e influencian el devenir de los acontecimientos en esta y viceversa. Lo que sugiere una narrativa mucho más amplia que la que alcanza a recoger esta serie literaria y le da al conflicto en Roshar una dimensión épica.


Y ese es quizá el último punto que vale la pena mencionar. La escala del conflicto, la lenta pero incuestionablemente ascendente tendencia en la epicidad de cada enfrentamiento conforme los Caballeros Radiantes ganan en habilidades y queda de manifiesto lo que verdaderamente está en juego en este ciclo de Desolaciones. El acelerado desarrollo tecnológico, natural en cualquier conflicto bélico, que cimbra y transforma el mundo, tomándolo en una condición firmemente medieval hasta dejarlo a las puertas de una revolución técnica en los albores de una ambientación steampunk.


En resumen y para no alargarme (aún) más, El Archivo de las Tormentas es una joya de saga literaria y merece toda la atención que ha recibido y más. Sanderson ha publicado al menos un texto relacionado al Cosmere al año de manera ininterrumpida desde 2005 y el ritmo de publicación de esta saga en particular es de una entrega cada tres o cuatro años, por lo que el riesgo de que quede inconclusa, aunque existe, es mínimo. Si el final alcanzará las expectativas que está sembrando, es arena de otro costal. Pero tiene a su favor que la épica de 10 libros estará separada en dos “arcos”, cada uno autocontenido, de cinco libros. 


Así que sí, con todo considerado, estoy más que dispuesto a volver a arriesgar mi estabilidad emocional por seguir disfrutando de este maravilloso trabajo. Y francamente, no tendría reparos en recomendarle a cualquier fanático hacer lo mismo…




jueves, 14 de marzo de 2019

"Yo, Julia" de Santiago Posteguillo ¿Una lectura feminista?

Es el año 192 d.C. Un desquiciado emperador Lucio Aurelio Cómodo, hijo del legendario Marco Aurelio, gobierna Roma con puño de hierro. Paranoide, Cómodo mantiene secuestradas en Roma a las esposas de sus gobernadores más fuertes para asegurarse su lealtad: Albino en Britania, Severo en el Danubio o Nigro en Siria. Pero el plan tiene una falla. En medio de este escenario mortal, nadie ha considerado a Julia Domna, la mujer de Severo, y su brillante y ambicioso plan para cambiar Roma para siempre. Menosprecia a esta matrona romana bajo tu propio riesgo.



Santiago Posteguillo, una vez más, hace que la Roma Antigua cobre vida en las páginas. Como en sus anteriores trabajos -las trilogías de Escipión y de Trajano- se adivina su profundo conocimiento de la época por las numerosas referencias, anotaciones y frases en latín que intercala en el texto; pero el autor nunca deja que su enciclopédico conocimiento afecte el ritmo de la historia, o lastre la acción con interminables explicaciones y justificaciones históricas. Prefiere mostrarlo todo a través de sus personajes y de sus interacciones, desde las grandes intrigas palaciegas y las maniobras militares, hasta las preocupaciones y las azarozas vidas de los esclavos al servicio de los poderosos. La Historia, con mayúsculas se ve entonces desmenuzada en pequeñas historias personales de personas (hombres y particularmente una mujer, la protagonista) valientes y decididos.

Y aquí entramos al quid de la cuestión, la protagonista y su representación (y la representación femenina) en la novela. Posteguillo habla claro de su propósito con el texto al final del mismo, en su “Nota Histórica”. Cito:
“La historia, ya se sabe, ha sido [...] la historia de los hombres, centrados siempre -historiadores primero y luego novelistas masculinos- en documentar unos y recrear otros las vidas de grandes personajes históricos únicamente del género dominante durante siglos”

Y no le falta razón. Hay poca información y aún menos representación en la cultura popular, por ejemplo, de las emperatrices romanas; a pesar de que fueron seguramente figuras de enorme poder y capacidad de influencia en la época. Y el material que hay es, o sorprendentemente tendencioso (Posteguillo señala, por ejemplo, el trabajo de Anthony Birley en su biografía sobre Severo respecto a la fidelidad de Julia. Birley señala las acusaciones de promiscuidad de fuentes a trescientos años de distancia como “bastante creíbles”, pero desestima fuentes contemporáneas que le llevan la contraria a su teoría. ¿Por qué?) o realizado por mujeres de incógnito (la única obra popular sobre Julia que encontró en sus investigaciones fue una obra de teatro de 1903 firmada por un dramaturgo inglés de nombre Michael Field, que resultó ser el seudónimo de dos mujeres Katherine Harris Bradley y Edith Emma Cooper, tía y sobrina, respectivamente)

La pregunta es ¿Consigue Santiago Posteguillo su cometido? ¿Pinta a un personaje femenino fuerte? Yo creo que lo consigue, en la medida en la que la Historia se lo permite. Pese a ser la esposa de un gobernador de Roma, y una de las mujeres más poderosas de ese mundo antiguo hay muchas cosas que limitaban a un a mujer en aquella época, por lo tanto, mucho de lo que Julia consigue lo hace a través de convencer a su esposo, Severo. Eso, curiosamente, pone al matrimonio, no a la mujer, como institución, como el verdadero héroe, como el agente revulsivo y diferente en la contienda por la púrpura imperial. Incluso se discute en uno de los capítulos, en el diálogo entre un senador y su hijo en donde se expone que, en caso de tener éxito, Julia y Severo serían el primer matrimonio estable, hombre y mujer enamorados y en sintonía, que se hace con imperio.

Eso, sumado a algunas descripciones que podrían no caer bien entre el público feminista más recalcitrante (Julia era una mujer hermosa, después de todo, y el sexo una de sus armas de persuasión más efectivas) me invita a pensar que más que un personaje y una historia para que las mujeres puedan identificarse, se trata de un relato para el hombre, para que comprenda de una vez el poder y la influencia femeninas y reconozca en Julia al montón de mujeres que han influido en su vida y todo lo que ellas podrían hacer si al menos les diéramos la oportunidad y las tratáramos como iguales y no siguiéramos con costumbres que venimos arrastrando desde antes del tiempo de los romanos.

A mi entender, Julia podría haberlo dejado ahí. Podría haberse conformado. Pero no. Muchos la han criticado luego por ambiciosa. Es posible que lo fuera. Mas acaso, si era culpable de esa debilidad, ¿no es esa misma ambición la que ha movido a tantos hombres que tenemos en tan alta estima, como Alejandro, Julio César o Augusto? Sí, lo acepto, Julia era muy ambiciosa. Como muchos de los que la rodeaban. Solo había una diferencia sustancial entre ellos y ella. Bueno: dos diferencias. En primer lugar, ella era mujer y ellos hombres. En segundo lugar: ella era más inteligente.

domingo, 8 de abril de 2018

Reseña: Virus, de Sakyo Komatsu

Al comenzar a leer un libro uno normalmente ya sabe más o menos de qué irá el asunto; ya sea por el título, por la portada, por la sinóspis de la contraportada, porque se lo ha recomendado alguien que ya lo leyó o porque conoce el estilo y fama del autor. Eso que conocemos del libro es normalmente lo que nos invita a leerlo, lo que nos indica que hará buenas migas con nuestros gustos y que terminaremos disfrutando de la experiencia.
A veces, sin embargo, no podemos darnos el lujo de conocer a nuestra pareja antes de empezar el baile. Eso me ocurrió con “Virus”, la novela de ciencia ficción postapocalíptica de Sakyo Komatsu.

Lo único que sabía de la historia antes de empezar a leerla es que la compré junto con otros titulos en un paquete muy económico que venía etiquetado como “Ciencia ficción japonesa”. Imaginen mi sorpresa al darme cuenta que la novela se desarrolla en la década de los sesenta. En lugar de una ópera futurista, me estaba adentrando en una interesante película de época. ¿Deja por eso de ser ciencia ficción? ¡Ni mucho menos!



La novela, publicada en 1964, narra una historia paralela en donde la carrera armamentista de la Guerra Fría da una vuelta de tuerca y desencadena la caída de la especie humana hasta casi su completa extinción y comienza cuando un accidente frustra el robo de una poderosa arma biológica y libera un virus desarrollado artificialmente en el laboratorio.
La novela tiene un claro mensaje pacifista; contrastando lo que una comunidad internacional en la Antártida —el único sitio del planeta que queda libre del virus— consigue cuando se proponen trabajar juntos, con al caos al que la obsesión militarista y nacionalista sumerge al mundo. Estudiando la historia del autor, el mensaje tiene muchísimo sentido.

Sakyo Komatsu tenía ocho años cuando inició la Segunda Guerra Mundial y no era más que un adolescente de 14 cuando estallaron las bombas de Hiroshima y Nagasaki. La experiencia a tan temprana edad seguramente moldeó su visión del conflicto y del mensaje que quería compartirle al mundo. Para muestra "Paz en la Tierra", una de sus primeras historias cortas, que es también una historia alternativa en la cual la Segunda Guerra Mundial no termina en 1945 y un joven protagonista se prepara para defender Japón de la invasión Aliada.

En cuanto su estructura, la novela desarrolla la historia presentando diferentes escenas de como ocurre y se vive el desastre en diferentes puntos del globo, de manera que lo mismo presenciamos un álgido debate del gabinete de gobierno británico, la lucha desesperada de un médico japonés, los últimos momentos del presidente de los Estados Unidos o el esfuerzo de un científico ruso por mantener a la humanidad sobreviviendo en la Antártida.

Aunque este acomodo “vista de pájaro” del conflicto permite seguir la debacle con lujo de detalles, también coloca al lector demasiado lejos de los personajes y por periodos demasiado breves como para establecer una conexión emocional real. Aunado a eso, fiel al estilo japonés en donde un segundo de acción puede alargarse por horas, cada escena involucra más las reflexiones y el monólogo interno del personaje que una secuencia en donde los personajes hacen algo en particular. La historia no la mueven los personajes, sino el avance del virus. 
El avance también se hace lento porque se trata de ciencia ficción dura, con páginas y páginas de explicación técnica en microbiología disfrazadas de presentaciones formales ante gobiernos y discusiones entre científicos.

En ese sentido (y toda proporción guardada, porque se publicaron con más de 40 años de diferencia) creo que prefiero el trabajo más moderno de Max Brooks y su “Guerra Mundial Z”, que aunque tiene una estructura similar, consigue que cada escena esté plagada de acción y momentos que son mucho más efectivos en humanizar a los personajes.

“Virus” no es un mal libro. De hecho, fue lo suficientemente bueno como para ameritar una adaptación cinematográfica en 1980, la película japonesa con el mayor presupuesto hasta ese momento.
Tiene un gran mensaje que consigue transmitir sin resultar moralista, lanza preguntas incómodas sobre a dónde vamos como sociedad, resulta sorprendentemente vigente a pesar de haberse escrito hace tanto tiempo e invita a pensar en el futuro y nuestro papel en él; como toda buena historia de ciencia ficción. 
La brecha cultural entre Japón y occidente y la disonancia entre lo que entendemos por ciencia ficción y la época en la que transcurre la historia pudiera alejar a algunos lectores, pero aún así, por el mensaje, valdría la pena que más gente, especialmente aquellos en el poder le dieran una leída 

lunes, 26 de febrero de 2018

Reseña: House of Leaves, de Mark Z. Danielewski

Voy a reseñar un libro que no terminé de leer, lo devolví al librero habiendo avanzado poco más de tres cuartas partes del mismo. No, no creo que sea un libro malo; al contrario ahí donde acierta lo hace fantásticamente bien: es irruptivo, provocador, consigue conectar con su audiencia, y el trabajo editorial es fabuloso... El problema es que, como un tren, el libro corre sobre dos rieles, dos historias, y con el fallo de una al menos para mi, todo el tren se descarrila.

El libro se llama House of Leaves y es la obra debut de Mark Z. Danielewski. Se publicó en el año 2000, pero el autor comenzó a trabajar en ella en 1990, al enterarse de que su padre estaba muriendo de cancer renal. El trabajo se presentó ante 32 editoriales antes de que Pantheon decidiera publicarla; así de extraña era.

La novela empieza con la perspectiva en primera persona de Johnny Truant, hilo conductor del entramado (y al mismo tiempo, para mi, el responsable del descarrilamiento). Johnny es un aprendiz de tatuador buscando un departamento en Los Angeles. Durante su búsqueda, descubre el manuscrito de un análisis académico de una película documental llamada El Reporte Navidson ¿El detalle curioso? Johnny jamás encuentra evidencia alguna de que la película siquiera exista.

A partir de ahí la el libro funciona como si tuvieramos en nuestras manos el legajo de dicho manuscrito; con el trabajo del autor original, notas anecdóticas y autobiográficas de Johnny intercaladas mientras lo rearmaba y algunas notas de los editores (ficticios) que finalmente recibieron y publicaron el texto; todo esto, cosido como un Frankenstein con comentarios y notas al pie (algunas de las cuales tienen, a su vez, otras referencias)

Con ese mero diseño en su estructura, el libro ya te está obligando a operar y seguir al mismo tiempo varias narrativas y lineas temporales distintas y aunque el texto cambia de tipografía para hacer más sencillo saber quién está escribiendo qué, puede ser bastante desorientante al principio, .

La narrativa principal, la columna vertebral del libro que engancha como historia de suspenso y terror psicológico, son los hechos retratados en “El Reporte Navidson”, una película documental filmada por Will Navidson en donde exhibe las curiosidades y los extraños hechos ocurridos en su nueva casa en Virginia. 
La casa tiene la capacidad, sin motivo ni razón aparente, de cambiar y reconfigurarse, abrir pasillos a la nada, crear espacios que desafían la lógica. El más aberrante: un pasillo oscuro y frío que se abre en una pared exterior de la sala de estar y que en lugar de proyectarse hacia el exterior, hacia el jardín, conduce a un complejo laberíntico con multitud de corredores, salas y habitaciones de paredes, pisos y techos color gris cenizo. Al más puro estilo Lovecraftiano, la mera existencia de este imposible, la necesidad de entenderlo, explorarlo, lentamente empieza a poner tensión en las relaciones de los personajes, los empuja hasta la locura, la violencia y en algunos casos, la muerte. 

Apoyando esta trama, está la labor editorial. A la novela se le ha calificado como un ejemplo sublime de literatura ergódica, es decir, que se requiere un «esfuerzo relevante» por parte del lector para atravesar el texto. Pueden ser desde espacios en blanco, para simular la ilegibilidad del manuscrito original; tipografía que cambia de estilo, tamaño y color; párrafos en direcciones aleatorias, bloques de texto fuera de posición; espaciados que generan tensión, manchas, borrones… todo está pensado al detalle para acompañarte en la lectura, para complementar lo que el texto te está diciendo y de jugar contigo y empujarte emocionalmente en la dirección que quiere, de tal suerte que te preguntes si los únicos que están perdiendo la cabeza son los personajes, o tú también, un poco.

Así que, si todo es tan genial como describo ¿Por qué dejé de leer? En dos palabras, Johnny Truant.

Johnny es otra víctima de “El Reporte Navidson” que poco a poco va perdiendo su salud mental y su conexión con la realidad mientras se obsesiona intentando organizar y el estudio académico que encontró. Por desgracia, es practicamente imposible sentir cualquier tipo de lazo emocional con él o su tragedia. Al personaje le falta dirección y empuje, motivación. Se le describe como un joven más o menos de buen ver, pero que no sabe hacer con su vida. Pasa de fiesta en fiesta, con encuentros de una sola noche (de los cuales hace exhaustivo e innecesario inventario, porque ninguno desemboca en nada), abusando del alcohol y las drogas. Cuando finalmente empiezan a asomar los rasgos obsesivos y demenciales, uno se pregunta si realmente es su interacción con el texto, o una crisis emocional y mental natural a consecuencia de sus decisiones y su estilo de vida.

Aunado a eso, a este antipático personaje le dan el papel de narrador a través de insertos propios, por lo que continuamente interrumpe la trama principal (que es la que engancha) para hablarnos de su madre loca, su amor empalagoso por una stripper llamada Thumper y reflexiones filosóficas inconexas sobre su miedo creciente e incapacitarte locura. Finalmente cerré el libro cuando, luego de aguantar estoico uno de sus capítulos, el personaje confesara que había inventado las últimas diez páginas y se burlara de mi por habérmelo creído. Bastante trabajo me estaba dando seguir a un personaje en todo intrascendente como para además andarlo persiguiendo y dando salidas en falso. 
La narrativa principal ya estaba prácticamente concluida, de cualquier manera y me había quedado sin un gancho argumental que me invitara a continuar. No tenía a qué quedarme.

En conclusión, es un buen libro y una buena historia; una lectura curiosa que te sorprenderá por su habilidad para manipular tus emociones, positivas y negativas. Desde su publicación se ha ganado una devota base de fanáticos y es fácil ver por qué; las películas de “metraje encontrado” como Actividad Paranormal podrían aprenderle mucho a este libro. Y aunque no comparto algunas de las decisiones del autor respecto a la historia y su presentación, sin duda sería un libro que recomendaría si te gusta el género.

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Si te quedaste con curiosidad, aquí algunos ejemplos de la disposición de las páginas de "House of Leaves" y su manejo de la literatura ergódica:





miércoles, 31 de enero de 2018

Reseña: Ivanhoe, de Sir Walter Scott

La novela caballeresca tiene un je ne sais quoi que irremediablemente me lleva de vuelta a sus páginas una y otra vez. Supongo que algo tendrá que ver en ello el hecho de que uno de los primeros libros que leí fue una adaptación de Ivanhoe para el público infantil, con ilustraciones fabulosas en colores vivos que hacían que los caballeros, lanza en ristre, parecieran querer salirse de las páginas.  Ahora veo sin embargo, que la adaptación no era muy fiel y el texto, con tal de hacerlo accesible, estaba feamente mutilado. En retrospectiva, me tomó demasiado tiempo finalmente acercarme a la novela original de Sir Walter Scott.

El autor de Ivanhoe configuró el género de la novela histórica como la conocemos hoy. De hecho, la dedicatoria de la novela —una jocosa misiva a un estirado (y ficticio) miembro de la sociedad histórica, el reverendo doctor Dryasdust (Seco-como-polvo)— es utilizada en su totalidad para defender su trabajo de mezclar el rigor de la investigación histórica con el oficio y el corazón de un cuenta-cuentos. Ivanhoe no fue su primera incursión en éste nuevo género, pero seguramente al momento de su publicación aún era difícil para un escocés retratar un héroe nacional histórico del calibre de Robin Hood o Ricardo Corazón de León y dejar a todos los corazones del Reino Unido contentos.
Poco tenían que temer los ingleses, sin embargo. La protonovela histórica de Scott era también una novela caballeresca y se sujetaba a todos los cánones del Romanticismo y su exaltación de la figura del caballero medieval y sus hazañas, del amor cortés, del nacionalismo y del honor. 

La novela se desarrolla en los últimos años del siglo XII y Scott demuestra con cada página que comprende el periodo y la circunstancia histórica, tanto en su ambientación como en la mentalidad de la época: 
Inglaterra, a pesar del siglo y medio de distancia, aún tiene heridas abiertas tras la conquista de Guillermo I y está francamente dividida entre los sajones originarios y los normandos invasores. A ese caldo de cultivo se le agrega el hecho de que Ricardo Corazón de León está ausente, preso en Alemania por el emperador Enrique VI mientras volvía de Tierra Santa y que su hermano Juan, que ostenta el poder en su ausencia, está haciendo cuanto puede por arrebatarle la corona definitivamente.



Con éste telón de fondo, se desarrolla al frente y al centro una trama sencilla. Las novelas caballerescas consisten en aventuras simples, que obligan a los héroes a demostrar su determinación y sus habilidades, pero que no exigen un arco de crecimiento personal, ni de aprendizaje. Héroes y villanos son, mayormente, personajes planos con ciertas características que los definen y que variarán poco a lo largo de la novela.
En ese sentido, Scott usa arquetipos clásicos. Tenemos a un Robin Hood que es un pillo con corazón de oro, a un Rey Ricardo cuyo único defecto es quizá tener el corazón aventurero de un caballero andante, al avaricioso judío Isaac, a la dama Rowena que es todo virtud, majestad y belleza y a un Ivanhoe que, como personaje principal, es el epítome del caballero del romanticismo; valiente y honorable hasta el extremo.
El personaje más complejo sea quizás el tempestuoso Brian de Bois-Guilbert, que se debate entre la lujuria y la ambición, que no es capaz de identificar sus propios sentimientos, ni ponerlos bajo control, como correspondería a un caballero de su categoría (características que, por supuesto, corresponden al villano)

Con todo, si tuviera que quedarme con un personaje favorito tendría que ser Wamba, el bufón de Cedric. Wamba tendría que ser objeto de estudio para todo aquel que pretenda entender la labor del bufón y acaso ejercer el arte. Armado con un humor fino, ácido y audaz, protegido sólo por su ingenio y su condición de loco, interviene en momentos justos de manera crítica y a pesar de ser alivio cómico, a la mitad de la novela tiene su momento de brillar. Él, junto con el fraile Tuck, le dan ligereza a un texto que, por la época en la que está escrito, puede llegar a ser denso. ¡Mi favorito!

En resumen, la novela de Sir Walter Scott es un clásico y debe leerse tanto por sus propios méritos, como por lo que significó para la literatura y la creación de todo este nuevo género literario. No creo que podamos entender las sagas de fantasía medieval que vinieron después, sin darle crédito primero a quien trajo al mundo las sagas medievales históricas. ¡Grande Sir Walter Scott!

martes, 20 de junio de 2017

Reseña: Watership Down, de Richard Adams

Con toda honestidad, leí este libro por morbo.
Estoy suscrito a un canal de YouTube titulado History Buffs, que normalmente sube análisis de series y películas de época para examinar su precisión histórica y compararlas con los hechos reales (si no lo conocen, dense una vuelta por alguno de sus videos, no tienen desperdicio y van desde Apolo 13 hasta Vikings). Un día, como parte de un reto lanzado por otro youtuber, apareció en el canal un video titulado “Trauma de Infancia” en donde hablaba de la adaptación cinematográfica del libro y del profundo terror que le causaban algunas de las escenas más gráficas de la película, todo esto mientras reproducía algo del metraje en pantalla.
Intrigado por el contraste entre la violencia desplegada y personajes que normalmente asociamos como criaturas tiernas e inofensivas (conejos), la curiosidad pudo conmigo y conseguí el libro en versión digital en el idioma original.
Quedé gratamente sorprendido por el texto.

Richard Adams puso en papel la historia que les narró a sus hijas en un viaje por carretera y la publicó bajo el título de “Watership Down” (“La colina de Watership”) en noviembre de 1972. Narra la búsqueda de un grupo de conejos que abandonan su madriguera (luego de que uno de ellos tuviera una visión profética del campo donde habitan bañado en sangre) así como las dificultades que enfrentan para establecer una nueva colonia por su cuenta.
Fue su primera novela, ha vendido más de cincuenta millones de copias y fue aclamada internacionalmente por revigorizar la ficción antropomórfica y el naturalismo. Tiene sentido, considerando que Adams laboraba en la Secretaría de Medio Ambiente de Reino Unido al momento de escribirla.

Adams utiliza el recurso que antes utilizó Kipling para “El Libro de la Selva”: sus personajes permanecen animales por entero en apariencia, costumbres e impulsos. Si pueden comunicarse entre ellos, si podemos escuchar sus pensamientos y entender sus motivaciones, es enteramente una dádiva del autor en beneficio del lector. Estos son conejos, no seres humanos con apariencia de conejos. La precaución es una forma de vida porque la muerte es una compañera constante y nunca está demasiado lejos. Cualquier cosa que se cuente por encima de cuatro la consideran incontable (la palabra que va después del cuatro en lapino, el idioma ficticio de los conejos, se traduce literalmente en “incontablemente muchos” o “mil”). Creen que los automóviles, tractores y segadoras son gigantescos animales. Y el “genio técnico” del reparto de personajes apenas se acerca a comprender algo de física básica (usar un madero para flotar y cruzar un río).

Sin embargo, a pesar de las limitaciones que la madre naturaleza ha impuesto en sus personajes, Adams construye con ellos arcos argumentales sólidos. Los personajes crecen y aprenden naturalmente a lo largo de la historia y van cayendo en sus roles dentro del grupo de manera natural sin que nada se sienta forzado. Cada conejo tiene una personalidad bien definida, y las interacciones resultan siempre convincentes. Sirve, por supuesto, que haya utilizado como plantilla a gente real a la que llegó a conocer muchísimo mientras trabajaban juntos en un ambiente adverso (el pelotón del que formó parte durante la Segunda Guerra Mundial).

De las partes que más me gustaron del libro y que sin duda contribuyen a que entendamos la psique de los lagomorficos personajes y nos identifiquemos con ellos más fácilmente, son los diferentes pasajes (fábulas) que van intercalados en la historia principal. Estos pequeños episodios los protagoniza El-ahrairah (“El Príncipe de los Mil Enemigos” en lapino); padre de todos los conejos del mundo y responsable, en gran medida, de su suerte y azarosa existencia. Se trata de una figura heróica mítica que encarna las mejores virtudes de un conejo y se vuelve una figura aspiracional para nuestros personajes. Un personaje subversivo, ágil de mente y propenso a salirse con la suya a través de engaños, disfraces y cuanta artimaña se le ocurre; pero también es valiente y sumamente protector de su gente (imaginen un punto intermedio entre Bugs Bunny y Leónidas, de 300 y ya tendrán una idea)

Las leyendas que escuchamos tocan desde el mito de la creación del conejo hasta el descenso de El-ahrairah a Inlé (el inframundo) para conocer al Conejo Negro (la muerte). Con ellas, se nos deja entrever un complejo sistema de creencias que rige y contribuye al crecimiento de los personajes (incluso ya en el epílogo)

El libro es preciso en sus descripciones y maravillosamente bien documentado tanto en el comportamiento natural de los animalitos, como en el escenario donde se desarrolla la historia (Watership Down es un sitio real en el condado de Hampshire, al sur de Gran Bretaña y quienes lo conocen aseguran que lo escrito en el libro es inquietante por lo exacto) En definitiva es una lectura que recomendaría, porque es pionera en el género de aventuras moderno y no flaquea en ningún capítulo, manteniendo la tensión hasta el final. En definitiva, después de leerlo, no volverás a ver la campiña igual.

"My Chief  Rabbit told me to defend this run and I won't move unless he says so."
["Mi Conejo Jefe me dijo que defendiera este túnel y no me moveré hasta que él me lo pida"]
Arte original de LadyFiszi

lunes, 29 de mayo de 2017

Reseña: The Witcher, de Andrzej Sapkowski

Andrzej Sapkowski (nacido el 21 de junio de 1948) comenzó su carrera literaria como traductor, principalmente de ciencia ficción. Su primer historia corta la escribió casi por accidente, para un concurso para la revista Fantastyka. Se titulaba “The Witcher” y narraba la primera de las aventuras de Geralt de Rivia, un hombre mutado a través de magia, extenso entrenamiento y la ingesta de elixires nada saludables para volverse un experto mercenario cazador de monstruos, un “Witcher”.
Como la historia fuera todo un éxito una vez publicada, Andrzej siguió escribiendo historias cortas, ampliando el universo que había creado para su personaje y conformando los dos libros que leí: The Last Wish (El último deseo) y Sword of Destiny (La espada del destino).

El mundo de The Witcher puede considerarse pionero (el primer libro es de 1993) de las ambientaciones más oscuras y realistas que se han puesto tan de moda últimamente. Sí, es un mundo de fantasía medieval, pero toma muchos de los elementos de la mitología y cultura eslavas, y hace deconstrucciones de los cuentos de fantasía de Andersen o los hermanos Grimm, que no siempre acababan bien para sus protagonistas, cuando no son directamente tragedias.
La historia, además, se cuenta desde los ojos de Geralt, quien es tratado como un plebeyo cualquiera en el mejor de los casos, y como un apestado apenas humano en el peor, por culpa de las mutaciones de las que fue objeto durante su formación.
 
Si la novela es punta de lanza en la ambientación agridulce, permanece conservadora en el diseño del personaje principal. Geralt es un héroe a la antigua, abnegado a un triste destino, negándose a matar si no es por necesidad, intentando agotar las vías diplomáticas antes de desenvainar e interesándose genuinamente por sus "clientes", su bienestar y la coexistencia pacífica entre especies capaces de inteligencia. Un héroe así, en un mundo como el de The WItcher, brilla aún sin necesidad de una armadura lustrada y se vuelve una figura trágica con la que uno no siempre puede identificarse, pero en la que siempre encuentra inspiración. Con Geralt, cada historia corta se vuelve una fábula y de todas se puede aprender algo.

Al “Witcher” lo acompañan una plétora de personajes muy bien construidos, con mucha personalidad, sus propios intereses y motivaciones. Destacar a Dandelion, que se vuelve fuente constante de alivio cómico y brújula moral para el protagonista en temas de amores  y relaciones humanas —área donde nuestro Geralt adolece particularmente—; y a Ciri que, sencillamente, se robó mi corazón (y el de Geralt) desde que tuvo sus primeras líneas de diálogo. Es imposible no acabar amando a la, a veces caprichosa, pero siempre brutalmente honesta, princesita.

Los personajes están tan bien construidos, de hecho, que es posible tener una larga conversación sin que sea necesario especificar quién ha dicho qué. Uno sencillamente lo sabe por la entonación, por las palabras que usa y por lo que dice. Esto es un acierto para la prosa y para la historia en general, porque fluye sin problemas y desvela y nos deja adivinar los conflictos internos de los personajes sin detenerse a explicarlos. El resultado es una obra plagada de acción y extremadamente rica en detalles, pero que se lee de manera fluída y casi sin esfuerzo.

Después de leer dos de sus antologías de historias cortas, puedo decir sin miedo a que suene a exageración que Andrzej Sapkowski merece un pedestal en la historia de la fantasía medieval moderna. Su efigie y obra no desentonarían junto a las de J.R.R. Tolkien, Robert E. Howard o George R.R. Martin. El universo que ha creado para su serie insignia, The Witcher, es tan rico como el de cualquiera de sus colegas y si bien su prosa es sencilla, es brutalmente efectiva.

¿Recomendaría sus libros? ¡Por supuesto! Más aún ahora que Netflix ha anunciado una serie basada en ellos. Si te gusta el género son imperdibles. Si no te gusta, bien podrían hacerte cambiar de opinión. Así de bueno es.



lunes, 23 de enero de 2017

Reseña: Gardens of the Moon, de Steven Erikson

Hace por lo menos un par de años, me regalaron los primeros cuatro volúmenes de la saga de fantasía épica Malaz: El Libro de los Caídos, del escritor canadiense Steven Erikson. Era un regalo ideal, porque soy un adicto a ese tipo de historias y porque la serie tiene fama de ser una joya subestimada del género. Sentía pues, mucha curiosidad por leerla y comencé, como es natural, por la primera entrega: Los Jardines de la Luna (Gardens of the Moon).



No fué una lectura fácil. Tuve tres o cuatro salidas en falso. La más frustrante de ellas me llevó a cubrir casi una tercera parte del libro antes de percatarme de que realmente no estaba consiguiendo entender la mitad de lo expuesto y que seguir no solo era inútil, sino un desperdicio de mi tiempo y del material. El libro es así. El mismo autor lo advierte en el prólogo. Pero para entender por qué, hay que revisar cómo fue concebido.

Steven Erikson e Ian Cameron Esslemont crearon originalmente el universo de Malaz como escenario para su juego de rol. Lo llenaron de detalles y mecánicas complejas pensadas para ser entendidas y digeridas como trasfondo al momento en que cada jugador diseña su personaje. Los jugadores siempre tienen, además, el recurso de detener la partida para preguntar directamente si hay algo que no entienden.
Con el lector no se tienen tantas consideraciones.

Mientras Tolkien se toma el tiempo de explicarte qué es un hobbit y por qué vive en un agujero, Erikson comienza de inmediato pasando a la acción y te deja sueltas pequeñas pistas para que vayas haciendo inferencias de cuáles son las reglas, condiciones y hasta la geopolítica que rige su mundo de fantasía.  Semejante aproximación tiene como resultado, primeramente, que uno siente que efectivamente está entrando en un mundo vivo y real, que lleva siglos, si no milenios, lidiando con sus conflictos, sus héroes y sus villanos antes de que llegáramos.  En segundo lugar, permite a la historia ponerse al frente y al centro y a los personajes en primer plano, sin que se los coma la escenografía (que es, ya lo dijimos, abundante y muy detallada),

Y hablando de personajes, hay algunos verdaderamente memorables y todos están muy bien construidos, desde el ingenio histriónico de Kruppe hasta el agotamiento emocional que se adivina en Velajada (Tattersail, en su idioma original). El autor dota a sus personajes principales de motivaciones creíbles y de un desarrollo que se siente natural a lo largo de todo el arco argumental.  Los personajes se cruzan unos con otros no solamente “porque sí”, sino porque sus ambiciones y las acciones que toman para alcanzarlas, sencillamente a veces los ponen a unos contra otros. Considerando el amplio elenco de la obra, esto es un enorme triunfo para el autor.

Erikson usa, para acercarnos más al sentir y pensar de sus personajes, el recurso de ir cambiando al personaje focal a lo largo del texto, alternando ahora con la perspectiva de uno, ahora con la de otro. Y aunque la estrategia cumple su propósito, el estilo poco convencional del autor genera turbulencia innecesaria en la narración y complica la lectura. Me explico:
Mientras George R.R. Martin, en su saga Canción de hielo y fuego permanece con un mismo personaje durante todo un capítulo y comienza señalando claramente desde la óptica de quién estamos experimentando la acción, Erikson puede cambiar de perspectiva en cualquier momento y normalmente no anuncia la transición más que con un salto de línea. El resultado es que las escenas de acción son a veces difíciles de seguir. Desde mi perspectiva, esto es un pecado enorme tratándose de una fantasía épica.

En un libro que enfrenta dragones, hechiceros, dioses, guerreros legendarios y tiranos capaces de someter a todo un continente con su poder, las escenas de acción que están mejor trabajadas son las que enfrentan a espadachines y soldados mortales durante la primera mitad de la novela.
Con esos primeros combates, en donde no hay mucho en juego, Erikson nos demuestra que puede ofrecernos excelente escenas de acción, detalladas y llenas de tensión. Pero por alguna razón decide no continuar con esa tónica hasta el final del libro. El caso de Anomander Rake es particularmente chocante. Un personaje que dió pistas de su verdadera capacidad durante toda la historia y cuando finalmente tiene oportunidad de brillar y enfrentarse a un oponente a su altura, que amenaza una ciudad completa y a todos sus habitantes, Erikson nos aparta de la acción para seguir los pasos de otro personaje. Jamás volvemos a la escena sino hasta el final, casi como si el autor se hubiera acordado tardíamente de ese cabo suelto. Como este ejemplo hay varios más.

Gardens of the Moon es un buen libro, con un mundo lleno y vivo, personajes entrañables y una historia que atrapa. Creo que adolece un poco por decisiones de edición y estilo. El libro se siente como un difícil prólogo que hay que sortear para introducirse en el mundo de Malaz, pero así era como su autor lo quería desde el principio y eso no le quita que, en conjunto, es un trabajo soberbio. Recomendaría su lectura si te gusta la fantasía épica compleja, las historias sobre magia y no te da miedo avanzar por un mundo en donde no siempre está todo claro.
Por mi parte, no puedo decir que amé el libro, o que se volverá uno de mis favoritos; pero sin duda alguna quedé invitado a seguir leyendo la saga y con la espina de la curiosidad clavada. Con diez novelas principales y cinco novelas cortas adicionales, me queda claro que apenas alcanzo a descubrir muy por encima el enorme misterio y la rica historia de Malaz.