En su curso de Escritura Creativa para la Universidad Brigham Young, Brandon Sanderson explica que toda narración se sostiene sobre tres pilares fundamentales: Primero, los personajes, el corazón de la historia, quienes mueven la acción y generan la empatía y el interés para que el lector continúe leyendo. Segundo, el escenario o ambientación, el mundo o entorno donde transcurre la historia. Y finalmente la trama, la secuencia de acontecimientos, la estructura. Todo esto amalgamado por el conflicto, la fricción entre un personaje y sus deseos, la sociedad, o el entorno, que vuelve interesante la narración y le otorga una fuerza vital interna.
Es un marco de referencia general bastante seguro para el análisis literario. Al menos hasta que aparece un escritor de gran talento como Adrian Tchaikovsky (Czajkowski) y empieza a jugar con el esquema y a subvertir tus expectativas: ¿Qué pasa si el escenario ES el personaje?
Herederos del Tiempo (Children of Time) es una novela de ciencia ficción publicada en 2015, que no narra las aventuras de un sólo individuo o grupo de individuos, sino de una civilización entera: Un experimento de terraformación fallido en un lejano exoplaneta ha dotado a los miembros de la especie Portia Labiata (araña saltadora) de las herramientas necesarias para dar el salto evolutivo, física e intelectualmente. Y con esa premisa, el autor se lanza de lleno a uno de los experimentos de construcción de mundos más interesantes que jamás haya leído.
Su narración abarca miles de años de evolución, dando saltos temporales hasta momentos cruciales de la historia de su sociedad imaginaria: desde la primera vez que individuos de la especie —de natural solitaria y no social— demuestran espíritu de colaboración; hasta la exploración de la frontera espacial y la defensa de su planeta, superando en el trayecto conflictos internos, guerras religiosas, epidemias y hasta su propia naturaleza.
Y aquí es donde la construcción del mundo realmente brilla. Las arañas siguen siendo arañas, y evolucionan y se comportan tal como cabría esperar. No tienen labios, pulmones ni lengua; así que su comunicación gira en torno a lo que siempre han tenido: temblores en el suelo, vibraciones en la seda que forma sus hogares, demostraciones visuales de fuerza, o la suave danza exhibicionista del cortejo.
Su sociedad desarrolla taras y problemas producto de su naturaleza arácnida. Se trata de una especie extremadamente agresiva, que practica el canibalismo, en la que la hembra es el doble de grande que el macho y que al crecer experimentan un proceso de muda que puede dejar a los individuos extremadamente vulnerables. Todo esto el autor lo tiene en cuenta al ir describiendo el tipo de sociedad que construyen los arácnidos de una manera natural y plausible y lo usa para, eventualmente, abordar temas sobre lo que resulta “natural” y trazar paralelismos con nuestra propia sociedad.
Es este mundo, es esta sociedad la que actúa como un «personaje» dentro de un esquema narrativo tradicional. Dado que entre los saltos temporales transcurren generaciones enteras —y aunque la narración se refiere a sus personajes arácnidos principales y secundarios siempre mediante los mismos cuatro nombres, asociados a personalidades distintas o arquetipos históricos—, nunca permaneces con la misma araña más allá de un par de capítulos.
El otro pilar narrativo de la historia gira en torno a la Gilgamesh, una nave arca que transporta los últimos vestigios de la humanidad, mientras buscan un nuevo espacio para vivir luego de que la Tierra quedara inhabitable.
Si la historia de las arañas es la de una civilización en ascenso, la línea argumental humana representa una civilización en decadencia, víctimas de su propia soberbia y luchando con uñas y dientes para mantenerlo todo a flote mientras se aferran a repetir patrones históricos de violencia, dogma y prejuicio.
También disfruté mucho la parte humana del libro —y esta ayuda enormemente a despertar la curiosidad del lector sobre lo que sucederá cuando ambas civilizaciones se encuentren inevitablemente, así como sobre lo que está en juego—, pero al menos yo la percibí como la parte más débil de la narrativa, una historia de ciencia ficción mucho más tradicional. No ayuda que Holsten Mason, el erudito y especialista en estudios clásicos a bordo de la Gilgamesh y el principal punto de vista humano no es proactivo, (una de las características que Brandon Sanderson considera fundamentales para construir personajes atractivos). La mayor parte de la historia simplemente "le ocurre".
Más allá de ese pequeño detalle, es un libro magnífico que disfruté enormemente; me fascinó encontrar una excelente subversión de la estructura narrativa típica. Me encantaron todas y cada una de las encarnaciones de Portia, Bianca, Fabian y Viola (nuestros arácnidos protagonistas), y disfruté del ejercicio de contemplar la historia de la humanidad y la naturaleza humana desde la perspectiva distante de Holsten Mason.
Tengo la secuela, Herederos del Caos (Children of Ruin), lista y descargada en el Kindle y es el próximo libro en la lista de lectura. Porque Tchaikovsky me dejó con muchas ganas de revisitar su universo.